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Con el pan y con el queso


Las industrias extractivas poseen un pasado oscuro. Un inocultable historial de despojos, abusos de poder y daños ambientales que afortunadamente van convirtiéndose en un recuerdo lejano, gracias a la evolución de los estándares internacionales y a la aparición de regulaciones globales que buscan garantizar la sostenibilidad de la actividad.


El reclamo de comunidades enteras que hoy en día rechazan las actividades extractivas encuentra cierta justificación cuando se evidencia que el beneficio real que los habitantes de las regiones perciben en su calidad de vida, resulta apenas marginal y en ocasiones hasta negativo, comparado con lo que debería ser, de acuerdo a la sana lógica y a la magnitud de las inversiones que estas actividades industriales llevan a cabo. Es claro que el fenómeno de la corrupción es el agente que no solo dificulta que se materialicen los beneficios sino que es responsable por la magnificación de los impactos negativos.


La aparición de fenómenos de corrupción es proporcional al monto de los recursos “disponibles” y a la debilidad de la institucionalidad, pudiendo llegar a niveles aberrantes, como ha ocurrido en países de Africa y América Latina. De esta manera, inmensas cantidades de dinero se dirigen a satisfacer intereses particulares que nada tienen que ver con las aspiraciones de progreso de las comunidades, dejando un mal sabor y un resentimiento que crece y se acumula cobijado por ingentes dosis de impunidad.


Por esta razón, la sugerencia de realizar una nueva reforma al régimen de regalías petroleras no constituye una solución de fondo a la problemática de conflictividad social, pues se dirige apenas a abordar el aspecto de la cantidad de recursos que se giran y no a la calidad de su gestión.


A medida que ganan espacio los mecanismos de participación ciudadana se abren posibilidades para que las comunidades influyan de manera decisiva en los destinos de su territorio y es aquí cuando afloran los resentimientos ancestrales y las reivindicaciones ambientales que soportan un discurso orientado a proscribir la actividad extractiva por considerarla una amenaza. (Ver casos Ibagué, Pijao)


No obstante lo anterior, se puede afirmar de manera categórica que los instrumentos legales vigentes aunados a las mejores prácticas de la industria permiten adelantar proyectos extractivos con toda responsabilidad y en armonía con el entorno. Un ordenamiento territorial robusto y unas reglas de juego claras y predecibles completan el marco para un ejercicio sostenible de la actividad.


Es entonces válido preguntarse si resulta mejor prohibir de plano esta actividad industrial o enfocarse a asegurar que se realice responsablemente y que sirva para apalancar el desarrollo de una región respetando su vocación.


La respuesta a este interrogante, que por supuesto no se trata de un tema exclusivamente Colombiano, llevó a la creación de la llamada EITI (Inciativa por la transparencia de la Industria Extractiva, por sus siglas en Inglés). Un estándar global suscrito por 50 países al que Colombia se encuentra en proceso de ingresar y que implica un cambio importante en la dirección correcta. Una esperanza real para garantizar que los beneficios lleguen al lugar correcto.


En la página web de EITI COLOMBIA (http://www.eiti.upme.gov.co/eiti/) se puede encontrar detalle de los avances de esta iniciativa que se sintetiza así:


La Iniciativa para la Transparencia de la Industria Extractiva, es una coalición internacional entre gobiernos, empresas y organizaciones de la sociedad civil que busca garantizar la transparencia en el manejo de las cuentas de los recursos no renovables del país.


Tiene por objetivo optimizar la gobernanza de los recursos de la industria extractiva en cada uno de los países miembros, gracias a la publicación periódica y estandarizada de la información referente a los contratos de exploración y explotación de hidrocarburos y minerales, los volúmenes de producción, los pagos significativos generados por la industria, su distribución en el presupuesto nacional y su ejecución.


Por su parte la página oficial de EITI global (https://eiti.org) da cuenta de experiencias exitosas de esta implementación por parte de países que ya vivieron el proceso y que vale la pena analizar.


Invito al estimado lector a explorar esta iniciativa y a enfocar esfuerzos para lograr que tengamos un sector extractivo fuerte y responsable, protagonista del desarrollo sostenible de las regiones y de la diversidad económica.


La rueda ya está inventada. Se llama EITI y es la receta para quedarnos con el pan y con el queso.


Jaime Checa

Geofísico


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